Banquetes en tiempos de hambre: La España de Franco

Banquetes en tiempos de hambre (Miquel Sen)

http://www.gastronomiaalternativa.com/ga-1_178–banquetes-en-tiempos-de-hambre.html

(1º) Apéndice Xcatelhambre

En las circunstancias más difíciles, siempre aparecen individuos capaces de sacar provecho de la miseria ajena. Gracias a su habilidad, saben utilizar sus nuevas riquezas para alcanzar placeres lejanos a sus conciudadanos. Los generales de Hitler beben Chateau  Petrus y comen foie gras mientras sus soldados se mueren de hambre en frente Ruso. En nuestro país la gran contradicción la da el señor Muñoz Ramonet en la España de Franco.

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Seguir fielmente la historia de los grandes banquetes en la España del hambre es un estudio que esta por realizar. Se tiene constancia de los menús que se servían en los restaurantes Horcher o en Jockey, en Madrid cuando los cupos de importación solo alcanzaban a los jerarcas del régimen. Uno de ellos, en versión catalana, fue Don Julio Muñoz Ramonet. Partiendo de la nada y aprovechando el monopolio del algodón, un regalo a su fidelidad franquista, Muñoz fue el impulsor y descubridor del pelotazo, antes de que se inventara el término. Gracias a su absoluta falta de ética consiguió  una fortuna colosal. En los años cincuenta se decía que: en el cielo manda Dios y en la tierra el señor Muñoz.

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En el año 1947, y gracias al reparto fraudulento del algodón entre los distintos fabricantes, Muñoz Ramonet gana un millón de pesetas diario el equivalente a quinientos de nuestros días. La boda de este personaje con la hija del señor Villalonga, dueño y presidente del Banco Central, fue un acontecimiento que ha quedado en la memoria de una generación. Se celebró en San Sebastián, con la asistencia de las grandes fortunas. No quedan testimonios de lo que se sirvió, porque los equipos del nodo y de la prensa no pudieron penetrar en el recinto. Se contentaron con describir el aperitivo, a base de caviar, pasteles de salmón, galantinas, foie gras, canapés de anguila ahumada, ostras y otras delicias impensables, acompañadas de Champagne de las bodegas más prestigiosas. No faltaron las copas de vodka de la odiada unión soviética, ni el wisky de la pérfida Albión. Los maîtres, vestidos de gran gala, aconsejaban al público que se limitara a disfrutar con la vista del espectáculo, porque lo que se serviría en los salones superaba las más poderosas imágenes del esplendor culinario.

Saber de este banquete sería un punto de arranque para el estudio de esta época. No sabemos si el menú se escribió en francés, como era lógico en este periodo, y prácticamente norma en la casa Real, o en castellano, según las directrices de los falangistas. La referencias que tengo son mínimamente fiables, pues hablan de codornices de viña con uvas de moscatel y también de faisán a la Laguipière, acompañado de los Borgoñas más caros, los Romanée-Conti, y los Sauternes Château d’Yquem, de cosechas situadas antes de la primera guerra mundial.

De las costumbres gastronómicas de este prototipo de nuevo rico sobran anécdotas. Una de ellas, su afición por encender cigarros habanos con billetes de mil pesetas, en la terraza de la ya desaparecida Rosaleda barcelonesa. Eran los tiempos en los que Muñoz tenía como mantenida a Mari Carmen Broto, una belleza que fue asesinada en muy extrañas circunstancias, dada su implicación en un tráfico de pedofilia con el obispado y su pésima relación con la legitima de Muñoz. Es un tema que ha novelado Juan Marse.

Como el chofer de Muñoz Ramonet había sido el de Alfonso XIII, y en el palacio del Rey de la inmobiliaria y el algodón se comía a la carta, como en un restaurante, cabe suponer que un menú se ajustaba a las normas de la realeza europea, es decir dos potajes, hors d’oeuvres, entre los que sería obligado un rodaballo en salsa Mántua, al que seguirían las entreés, no menos de cuatro, para pasar a los platos fríos de pescado y marisco, con la inevitable langosta, más un fin de fiesta a base de capón y hortelanos, como elección ante unas perdices en escabeche, uno de los platos obligados de la España nacional.

Era el delirio de la nueva riqueza, reflejada en otra anécdota: Julio Muñoz, en su Rolls, ordena al chofer: llévame a palacio, como le decía el Rey. A lo que el chofer responde: su Majestad decía, llévame a casa. Conseguir información fidedigna de este periodo sería muy interesante.

A medida que España deja de ser reino de unos pocos, el imperio de aquel que era como dios se desvanece lentamente. Don Julio, que conserva la casa natal de la familia en la Cerdanya, come en el restaurante Boix de Martinet, o en el desaparecido Reno de Barcelona. Pero, aunque mantiene, entre Jaguars y Rolls un mínimo de siete vehículos, el palacete de la calle Muntaner, donde daba de comer los menús de las casas Reales en la España del hambre, comienza, como su figura a diluirse entre los mitos que rodean la imagen de este millonario tímido y cruel. Es un fantasma que parece estar prisionero en el edificio que lo cobijó, la inmensa casa señorial abandonada, en litigio entre su familia y el ayuntamiento, que muchos paseantes observan sin saber su historia.

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